Quiero…, solo quiero retroceder, a mi viejo barrio*

Autoría. Dora María Quesada Vanegas, Educadora y escritora

Quiero, empuñar mis manos para atrapar el ayer, abrazar el encino donde a duras penas el hombre del hacha y el machete, se refugiaban del sol, mitigando
las penas del amanecer.

Quiero retroceder para saludar a los del viejo barrio, que con sencillez y sinceridad nos estrechaban sus manos.

Quiero volver a estar con los compas en la esquina de la pulpería o en la plazoleta para charlar y cotorrear los acontecimientos de la barriada, ¿Te acuerdas de
la “cazadora” ?, si anduviste en ella, entonces, sí eres orgullosamente del viejo barrio. Ya no oiremos los silbidos, el tararear canciones por las calles de mi barriada en la madrugada o al anochecer con la luna llena; pero sí la estruendosa música en salones de baile y por las calles anunciando cuantos chécheres pueden.

Las golondrinas escandalosas se ahuyentaron del bullicio vano de la ciudad. Cuando deambulo por lo que un día fue mi barrio, pregunto a algún conocido: -qué se hicieron los que vivían en ese lugar? —Se encaminaron al horizonte, en la canoa que los esperaba y llevarlos al más allá…
Hoy, quedan en pie algunos malinches y guanacastes para decirnos; – somos testigos de aquel viejo barrio y con el viento veraniego, las ramas susurran con melancolía y pesadumbre popularidades del viejo terruño.

Quiero recordar, nuestra tierra, mi barrio, con sus varias casitas, sencillas como su gente y lo más agradable sus “solares” que fueron prolongación de los del vecino. Traigo a mi memoria a aquellos niños con su inocente carita, descalzos viajando a la escuela, llevando en un bolso echo de piernas de pantalón, con sus pocos cuadernos, sabían que nadie los fustigaría por su vestimenta remendada. Iban saltando, silbando y si de pronto avistaban un panal de avispas, entre varios lo apedreaban y salían con alas en sus pies a quién llegara primero a casa.
Con barquitos de papel apostaban en los charcos de las correntadas de la lluvia; los trompos, los yaks es, las bolinchas, el mecate y muchos más elementos serían los mejores entretenimientos para entonces.

Cualquier plazoleta servía para mejenguear. Con flechas y cuerdas salían de pesca, ricas sardinas llevaban a la mamá como si fueran guapotes y hasta una
iguana para sus huevos comer. El esplendor de la luna llena, reflejaba en las paredes de adobe de las casitas, las sombras de los noctámbulos. En uno que otro rancho, alumbraba el candil y en otras la tenue luz de un bombillo.
¡Mi barrio!, extraño a tanta gente que se ha ido.

Todavía vienen a mi mente “los hijos de la Patria, que la naturaleza engendró”: Picho, Murundanga, Chobote, La Chobota, Panza, Zopilote, el mudo Paco, Navarro y muchos más, deambulando por  las calles, gritando, riendo y hasta versos bonitos se dejaban decir. Todavía me parece escucharlos y oír sus pasos por las calles de blanco cascajo.

Te acuerdas de los ranchos improvisados en las playas que decíamos: – son nuestras, hoy están en manos de extranjeros, amurallando divisiones al dejarnos senderos a pedacitos de playones…, parece que, lo mejor de nuestro terruño lo acapararon los poderosos, el guanacasteco quedó impugnado.
Atesoramos, el olor a tierra mojada cuando llovía, el delicioso olor a café chorreado en el vecindario, las muchas señoras vendiendo pan casero, chorreadas, choles, cajetas, nances y más. Todos los que nos precedieron dejaron huellas imborrables para seguirlas o borrarlas.

—Trato de reflexionar y digo: – ¡Dios mío! ¡el tiempo, sólo el tiempo es capaz de paralizar las manecillas del reloj de vida! ¿A dónde emigraron, los de mi barriada?, ¿sería el alba, el crepúsculo o el manto oscuro del anochecer, que los llevaron al escarchado firmamento para retornar en estrellas de la gran bóveda azul?
Familiares, educadores y vecinos de nuestra añorada barriada, ya no están.
Veo sus rostros en el reflejo del alma de niños que crecen sin mirar atrás el prodigio de vida de los del arcaico barrio con las vetustas casas, que por siempre llevaremos en nuestros corazones.

—¿Te acuerdas en la esquina del viejo cuartel, donde la guardia se paseaba con su gran fusil, cuidando que no escaparan los reos? -, ahora son semáforos los que resguardan el tránsito. Los árboles de guácimo, de nances y de aceituna, ya no están, detrás de ellos se escondían los muchachos que vacilaban a la Chepa que vendía empanadas. No permitamos que la niebla silenciosa y llena de tecnología sea el cortinaje, de lo que no queremos ver…
Valoremos las casas antiguas son un tesoro del ayer, las costumbres de nuestros
antepasados que no las pisoteen las extranjeras, que prevalezcan por siempre en nuestra cultura, son parte de la idiosincrasia del pueblo guanacasteco.

¡Gracias a los que de verdad queremos al Guanacaste querido, a los que divulgan en diferentes medios lo que tenemos, lo que heredamos y a todo lo que dio pie, a lo que en parte somos hoy!
Nuevos vecinos, migrantes de zonas en conflictos por bandadas han poblado la barriada donde nacimos, crecimos, donde todos nos conocíamos y compartíamos. Sofisticados edificios borraron estrepitosamente las casitas de tablones, de barro y de astillones. Las que fueron callecitas de blanco cascajo, hoy son cementadas, asfaltadas y otras olvidadas…

Recordar es vivir, tengamos guardaditos las remembranzas de la niñez.

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