Semana Santa rumbo a Tamarindo en carreta

Por Raimundo Brenes. Santacruceño. Doctor en Historia

Con frecuencia, para Semana Santa, mi padre, Ramiro Brenes Ramos organizaba un viaje a las Playas del Tamarindo. Esta iniciativa, obligaba a una serie de preparativos que se iniciaban semanas antes de dicho paseo familiar. En primer lugar, era necesario conseguir el transporte, que consistía en una carreta con una yunta vigorosa de bueyes. Aunque carecíamos de este recurso, mi padre, entre los muchos oficios desempeñados, fue boyero, realizando dos viajes semanales a Bolsón para traer mercaderías que abastecían el Comisariato de mi abuelo Raimundo Brenes Madriz.

De tal manera, que no se le dificultaba conseguir entre sus antiguos colegas de viaje, sea por préstamo o alquiler, de este valioso recurso de transporte. Con varios días de anticipación, ya teníamos a los bueyes pastando en nuestro potrero y la carreta, frente a nuestra casa. Por su parte, mi madre y hermanas mayores, preparaban los alimentos básicos que se necesitaban, como tamal pisque, rosquillas, tanelas, queso seco y cuajadas. Complementaban los preparativos, la compra de manteca, maíz, arroz y frijoles. El resto de la alimentación se complementaría con los productos del mar, frutas recogidas en el camino y algún animal o aves cazadas en el camino. De madrugada del Domingo de Ramos, la carreta estaba lista: bueyes
enyugados, manteado de lona puesto sobre arcos de bejucos, los víveres, ropa, cobijas y utensilios de cocina.

Mis hermanas mayores, Flora, Nelly y Mabel, viajaban a pie a un lado de la carreta, mis hermanos mayores, Hermógenes, Ramiro y Aider, también viajaban a pie, pero se adelantaban o atrasaban porque su misión era la caza y recolección de alimentos. Mis hermanas menores, Lidia María, Luz Amelia y yo viajábamos en la carta junto con mi madre. Mi padre, a pie al frente de los bueyes, con su chuzo, marcaba la ruta. La casa quedaba cerrada, las gallinas, el perico y el gato, quedaban a cargo de alguna vecina. Únicamente nuestro perro Chéster, nos acompañaba en esta aventura y era un recurso valioso para mis hermanos en su tarea de caza. Pasado el río Diriá, nuestra primera parada era donde don Terencio, para comprarle un saco de naranjas, más adelante, hacíamos otra parara en la finca de nuestros parientes, en Monte Grande, para abastecernos de agua, en un eterno molino de viento que abastecía de agua en una enorme pileta al ganado sediento en esta época de verano.

El camino estaba señalado por la ruta de carretas y del arreo, por lo que se pasaba por numerosos ríos y quebradas, la mayoría con poca agua. Nuestro primer obstáculo fueron las temidas lomas de hormigas ya que los bueyes tenían dificultades para rebasarlas. Nos bajamos todos de la carreta y con el esfuerzo de todos, ayudamos a los bueyes a cruzar exitosamente estas lomas. Siguiendo la ruta de las carretas, se pasaban por diferentes pueblos como Lagunilla, San Pedro, 27 de abril y Villareal. En este trayecto, mis hermanos nos proveían de racimos de cuadrado, de plátano, mangos, guayabas y hasta de un cusuco, acorralado por nuestro diligente perro Chéster.

En Villarreal hicimos nuestra última parada para descansar y alimentar a nuestros bueyes. Continuamos nuestro viaje ya siendo tarde y muy pronto
podíamos divisar el mar bañado por la luz de un espectacular atardecer. Llegamos al estero y debíamos de cruzarlo para establecer al otro lado nuestro improvisado campamento. Un error de apreciación de mi padre pudo tener consecuencias funestas.

Consideró que el mar estaba de marea baja, por lo que era el momento propicio para cruzar el estero semivacío y procedimos a cruzarlo. A medio estero, los bueyes comenzaron a no tocar fondo y comenzaron a nadar. El grito de todos, nadando a la par de la carta para socorrer a los que estábamos dentro de ella, afortunadamente, la carreta flotó y aunque le entró agua lo suficiente para mojar nuestros víveres y ropa, el vigor de los bueyes logró sacar la carreta de esta trágica situación. Muy tardíamente, mi padre descubrió que se había iniciado la marea alta.

En mi mente de niño aún retengo, los gritos, llantos y el sufrimiento de esta terrible experiencia. Ubicado el lugar del campamento, se realizó un inventario de lo perdido, de lo rescatable y de lo que había que desechar. En este proceso, primero se escuchaban risitas nerviosas, pero luego sonoras carcajadas: habíamos superado una tragedia, estábamos vivos y mañana sería otro día.

Con horquetas y varas cortadas de los árboles de la zona se estableció el campamento, que tenía como techo el manteado que traía la carreta. Un fogón improvisado, permitió preparar algo para la cena y pronto el cansancio nos arrastró a un profundo sueño. Los cantos de las aves nos despertaron dese temprano para mostrarlos la belleza escénica de Tamarindo: desierta de habitantes, pero bellamente sombreada por numerosos árboles. El mar y el estero nos suministró abundantes alimentos, complementado con un inusual cardumen que prácticamente arrojaba los peces a la arena. Recuerdo que las rosquillas, tanelas y tamal pisque los consumimos, aunque resultaban un poco salados.

Los días de Semana Santa pasaron demasiado rápidos, sobre todo porque no teníamos las restricciones religiosas que se respetaban en la ciudad. Era una libertad inesperada que la disfrutábamos hasta el último día. Llegó el domingo, fatídico día de nuestro regreso, muy temprano la carreta estaba lista. Evoco que mi padre como recuerdo de nuestra estadía pegó con un clavo, a la altura de su estatura de 2 metros, en un árbol un par de zapatos suyos, que siempre me parecieron enormes.

El regreso fue monótono y hasta aburrido, traemos quemaduras del sol y en algunas partes la piel ya botaba pellejos, pero los relatos de esta aventura solían contarse en esas reuniones familiares alumbrados con canfineras antes de acostarse. Hago este relato, sin poder socializarlo con mis hermanos mayores ya fallecidos. Puede que tenga omisiones, porque en esa época yo debía tener 9 años, mi hermana Lidia 4 y Luz Amelia 2. Este fue el último viaje que realizamos en carreta a Tamarindo e ignoro los motivos por los que se suspendió esta costumbre.

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