Por Ana María Oduber Elliott
Señor Ministro de Cultura y Juventud, don Jorge Rodríguez Vives;
Licenciado Juan Santiago Quirós, Presidente de la Junta Directiva del Museo de Guanacaste;
Señora Elena Dorado, Presidenta de la Asociación de Cultura de Liberia;
Señor José Peña Namoyure.
Autoridades presentes;
Amigos y amigas:
Para mí es un profundo honor ser partícipe de este acto en el Museo de Guanacaste, el antiguo cuartel transformado en un espacio de encuentro con nuestra memoria y nuestra identidad.
Este bello edificio, inaugurado en el año 2005, no solo resguarda objetos y relatos; también simboliza una convicción: que los pueblos que conocen y protegen su historia construyen con mayor firmeza su futuro.
En cierta manera, este lugar rinde homenaje a mis padres, Daniel Oduber Quirós, Benemérito de la Patria, y a su fiel compañera de vida, Marjorie Elliott Sypher.
Ambos llevaron siempre en el corazón la idea de preservar el gran legado cultural de nuestro país, especialmente aquí, en la provincia de Guanacaste, tierra de tradición, trabajo y belleza natural incomparable.
Hace cincuenta años, y por muchos más, sembraron ideas que continúan dando fruto.
Permítanme aprovechar este espacio para referirme a algunos aspectos de su trayectoria, no solo pública, sino también íntima, humana, familiar.
Mi padre compartía con mi madre un profundo interés por la arqueología. Juntos formaron una importante colección de piezas precolombinas que, en 1987, ofrecieron al Museo Nacional, junto con el financiamiento para la sala que las albergaría. Ese gesto reflejaba algo esencial en ellos: el patrimonio no se posee, se custodia para entregarlo al país.
Recuerdo los domingos en casa, cuando mi madre invitaba a arqueólogos de la Universidad de Costa Rica —entre ellos el profesor Snarskis— y pasaban horas estudiando las piezas, consultando libros que ella traía de museos de todo el mundo. Con paciencia infinita, limpiaba con pequeñas navajillas la tierra adherida a los objetos.
Le fascinaban especialmente los metates: cómo de una sola piedra surgían jaguares y otros animales sagrados tallados con admirable perfección; cómo esas piezas eran símbolo de estatus, pero también testimonio del papel fundamental de la mujer, cuya labor cotidiana de moler el maíz sostenía la vida de las comunidades. En esas piedras veían arte, historia y dignidad.
En el ámbito público, el país alcanzó un importante desarrollo económico y social durante el gobierno de mi padre. En el plano internacional, fue reconocido como una figura de dimensión mundial.
Ocupó la Vicepresidencia de la Internacional Socialista y cultivó amistad con líderes como Willy Brandt, Omar Torrijos, François Mitterrand y Carlos Andrés Pérez, entre muchos otros. Incluso Henry Kissinger comentó en alguna ocasión que era el presidente más culto de América Latina en su tiempo. Pero más allá de los reconocimientos, lo que siempre lo movió fue el bienestar de Costa Rica.
Entre sus obras más perdurables destaco la creación del Sistema Nacional de Áreas de Conservación y la inauguración de los primeros trece parques nacionales, impulsados desde su gestión como diputado y luego como Presidente de la República.
Gracias a esa visión, hoy Costa Rica es referente mundial en protección ambiental. Cada turista que recorre nuestros parques, cada niño que aprende el valor de la biodiversidad, es parte viva de ese legado.
No puedo dejar de mencionar el Fondo de Desarrollo Social y Asignaciones Familiares, cuya ley fue firmada el 24 de diciembre de 1974 como un regalo de Navidad para la niñez costarricense.
De allí nació el programa de comedores escolares, uno de los más exitosos de América Latina. Que un niño o una niña no estudie con hambre es una de las expresiones más concretas de justicia social.
También recuerdo con cariño su pasión por la agricultura y la ganadería en su finca La Flor, donde experimentaba con cultivos de mango y limón, poniendo incluso la empacadora a disposición de pequeños productores guanacastecos.
Ese sueño evolucionó cuando mi madre decidió donar la finca a la Universidad EARTH, complementando la donación con un programa de becas para jóvenes de Guanacaste. Hoy nos acompaña uno de ellos, testimonio vivo de que la educación transforma destinos.
Mi madre, inspirada por el pensamiento socialdemócrata y por el diálogo constante con mi padre, impulsó iniciativas propias como las Bibliotecas Rurales. Buscaba libros de tapa dura, con letra grande e ilustraciones vistosas; los forraba con plástico grueso y pedía que los estantes tuvieran colores alegres.
Yo aprendí a forrar libros a su lado y la acompañé en varias entregas. Ella creía firmemente que un libro en manos de un niño podía abrir horizontes insospechados.
Ambos tuvieron ideas adelantadas para su época: practicaban el reciclaje en casa, defendían el cooperativismo, creían en la educación como herramienta de equidad y, sobre todo, cultivaban un matrimonio basado en el respeto y la escucha mutua.
Mi padre siempre estuvo dispuesto a compartir sus ideales con mi madre y a pedirle consejo. Esa complicidad fue una de sus mayores fortalezas.
Tuve el infortunio de perder a mi padre al inicio de mi adolescencia, en circunstancias dolorosas para nuestra familia.
Pero tengo la dicha de saber que mis hijos crecerán con el orgullo de ser nietos de Daniel Oduber Quirós. Y podrán comprender su legado de manera sencilla y profunda: que el niño que no pasa hambre conoce su obra; que el turista que visita nuestros parques nacionales también la conoce; que el experto que viene desde lejos a admirar las esferas de piedra —una de las cuales ellos quisieron que recibiera a los viajeros en el aeropuerto de Liberia— también se encuentra con esa historia.
Quiero agradecer a todos los colaboradores que acompañaron a mi padre y a mi familia; sin ellos, nada de esto habría sido posible.
Agradezco de manera especial a Marta Núñez, apoyo incondicional de mi madre; a mis primos y amigos aquí presentes; al comité organizador de esta actividad; y a tantos diputados y colaboradores que, con visión y compromiso, impulsaron proyectos que hoy siguen beneficiando al país.
En alguna oportunidad expresó mi padre: “Las ideas no son nada si no existe la pasión por llevarlas a cabo”.
Yo creo que su vida fue la manifestación constante de esa pasión: la pasión por convertir ideas en políticas públicas, sueños en instituciones, principios en acciones concretas. Y, sobre todo, la pasión por promover el desarrollo del país y el bienestar de los costarricenses.
Que este museo, que custodia nuestra memoria, nos inspire a seguir trabajando con esa misma pasión por Costa Rica.
Muchas gracias.

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