Hablar de desarrollo cantonal sin hablar de cultura es contar una historia incompleta. Aun así, en muchos municipios de Costa Rica la cultura continúa sin un espacio propio: no existe una oficina especializada, no se asigna presupuesto específico y, en no pocos casos, tampoco hay personal capacitado para asumir esta responsabilidad. Más que un simple descuido, esta realidad refleja una deuda profunda con las comunidades.
Cuando no hay gestores o gestoras culturales profesionales, otras dependencias municipales —como juventud, deporte o recreación— terminan asumiendo funciones que no les corresponden. El resultado suele ser una gestión improvisada, sin planificación ni continuidad, donde la cultura se reduce a actividades aisladas que difícilmente responden a las necesidades, identidades y dinámicas locales.
El problema va más allá de lo administrativo. Se trata de una falta de reconocimiento de la cultura como un eje fundamental del desarrollo local. Cuando la cultura no se entiende como un derecho ni como un componente estratégico del bienestar social, se reproducen modelos desconectados del territorio, de la memoria colectiva y de las prácticas comunitarias.
Acto de justicia con la comunidad
La gestión cultural no consiste únicamente en organizar eventos o celebraciones. Implica escuchar a las comunidades, promover la participación, rescatar saberes, fortalecer identidades y acompañar procesos culturales sostenidos en el tiempo. Para ello se requiere formación profesional, sensibilidad social y un compromiso real con el entorno local.
Costa Rica cuenta hoy con personas profesionales en Gestión Cultural que se gradúan cada año y están preparadas para aportar al desarrollo de los territorios. No integrar este talento humano en la estructura municipal significa desaprovechar una oportunidad valiosa para construir cantones más activos, participativos y cohesionados.
Por esta razón, resulta urgente que las municipalidades incorporen la cultura de manera efectiva en su planificación: creando puestos específicos para la gestión cultural, asignando recursos y dando seguimiento a los procesos. Superar la improvisación no es un lujo, sino una necesidad si se aspira a un desarrollo verdaderamente integral.
Incluir gestores y gestoras culturales profesionales en cada cantón no es un capricho. Es una decisión estratégica y un acto de justicia con las comunidades. La cultura tiene mucho que aportar al desarrollo local, y desde los territorios se conoce y se vive su impacto real.

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