Las interpretaciones sobre el origen del Tope en Costa Rica pueden agruparse en diversas posiciones que explican su surgimiento desde distintos contextos históricos y sociales.
Una primera posición sitúa su origen en la época colonial, cuando las cabalgatas formaban parte de procesiones religiosas y celebraciones comunitarias. En este contexto, el caballo era un medio cotidiano de transporte y trabajo, y estas cabalgatas funcionaban como espacios de encuentro social regulados por las autoridades coloniales.
Una segunda posición vincula el Tope con la actividad ganadera, particularmente con el traslado de ganado hacia el Valle Central. El término “tope” aludiría, según esta interpretación, al momento en que los jinetes se encontraban con otros grupos humanos o con el ganado, práctica que con el tiempo se transformó en un desfile de carácter festivo.
Otra explicación lo relaciona con eventos cívicos urbanos, especialmente con actividades organizadas para recaudar fondos y transportar materiales tras el terremoto de 1871. Desde esta perspectiva, el Tope adquiere un sentido simbólico ligado a la reconstrucción y a la cohesión comunitaria.
Una cuarta posición plantea que el Tope deriva de carreras de caballos realizadas durante fiestas patronales, donde la competencia ecuestre fue evolucionando hacia una exhibición ritualizada sin carácter competitivo.
Finalmente, una interpretación de alcance cultural entiende el Tope como un ritual cívico de identidad nacional, heredero de antiguas ferias y encuentros interprovinciales. Más que una muestra de estatus individual, el Tope sería una práctica de encuentro entre lo rural y lo urbano, que mantiene viva la memoria de una sociedad organizada en torno al trabajo, la movilidad y la celebración colectiva.
Las ideas que a continuación se presentan buscan contribuir a este acervo interpretativo que intenta comprender el origen de esta práctica tan extendida en distintas regiones del país. Para su elaboración se consultaron fuentes del Archivo General de Indias, el Archivo General de Centroamérica, el Archivo Nacional de Costa Rica y diversos estudios académicos sobre prácticas festivas y ganaderas en Cuba, México, Guatemala y Colombia.
El ganado tuvo una función estratégica en las campañas militares de conquista
Asimismo, se revisaron documentos normativos contenidos en las Leyes de Indias, con el fin de comprender la estructura política, económica y social que regía en las colonias españolas. A partir de estas fuentes, se proponen una serie de elementos que permiten comprender no solo el posible origen del Tope, sino también algunas de sus características históricas, aquellas que se han mantenido, transformado o desaparecido con el paso del tiempo.
Durante los períodos de exploración, conquista y poblamiento, el ganado fue declarado un bien público en las Leyes de Indias. Como resultado de esta disposición, la organización del territorio colonial tuvo al ganado como uno de sus ejes fundamentales.
El repartimiento de tierras debía considerar tanto el establecimiento de los pueblos como los espacios destinados al asentamiento del ganado —parajes, sitios, estancias y haciendas—, proceso que culminó en normas que despojaron a los pueblos originarios de sus tierras para destinarlas a la actividad ganadera, generando desplazamientos forzados, represión y sometimiento.
La posesión de grandes hatos de ganado estuvo sujeta al pago de aranceles, diezmos y primicias, destinados a fortalecer los ingresos de la Corona española y a sostener los salarios de autoridades políticas, eclesiásticas y militares. La normativa fue extensa y detallada, con el objetivo de evitar el robo del ganado y la evasión fiscal.
El ganado desempeñó, además, una función estratégica en las expediciones de exploración y en las campañas militares de conquista. Bovinos, ovinos, caprinos, porcinos y aves fueron indispensables para la alimentación, el transporte de materiales, la obtención de sebo para iluminación, la cocina y, de manera particular, para el funcionamiento de las explotaciones mineras.
El ganado, toros y caballos, ineludibles en festividades religiosas y seculares
Los caballos tuvieron una evolución particular. Durante el siglo XVI, tanto en Nicoya como en Cartago, los registros documentales mencionan únicamente caballos mansos y de camino, destinados al trabajo y al servicio militar. La introducción de caballos de paso o de lujo fue tardía, y solo a partir de mediados del siglo XVII se registran compras y ventas de este tipo de animales. Cabe destacar que la mayoría del ganado introducido fueron hembras, acompañadas por un número reducido de machos destinados a la reproducción.
En torno a esta economía ganadera se configuró un conjunto de labores especializadas. En Costa Rica, estas tareas dieron lugar a la figura del sabanero, aunque en Guanacaste se distingue tradicionalmente entre el sabanero, encargado del cuido del ganado en campo abierto, y el vaquero, asociado al manejo del ganado en reproducción.
Las Leyes de Indias asignaron un papel fundamental a las personas de origen africano que fueron esclavizadas, quienes desempeñaron gran parte de estos oficios especializados. Muchas de ellas llegaron en las tripulaciones procedentes de España, ya con experiencia en el manejo del ganado. Posteriormente, sus descendientes desarrollaron y perfeccionaron estos saberes, consolidando oficios que en los registros coloniales aparecen asociados a categorías como “negros”, “mulatos”, “pardos” o “criollos”, propias de la excluyente sociedad de castas.
Las prácticas vinculadas a la monta, la doma y el manejo del ganado, así como las destrezas ecuestres, se desarrollaron con mayor intensidad una vez establecidos los centros poblacionales y asegurado el control militar del territorio. Es en este contexto cuando emergen las fiestas públicas, celebraciones religiosas y ceremonias oficiales que incorporaron de manera central al ganado y a los caballos.
El ganado —toros y caballos— fue un elemento ineludible en las festividades coloniales, tanto religiosas como seculares. Existen documentos en el Archivo General de Indias (para España), así como en el Archivo Nacional y en compilaciones realizadas por León Fernández, que detallan la organización de estas celebraciones en lugares como Cartago, Nicoya y Santa Cruz.
A diferencia de las celebraciones en la península ibérica, donde el financiamiento estaba garantizado por la Iglesia, las cofradías y las autoridades civiles, en las colonias el sostenimiento de estas actividades recayó principalmente sobre las poblaciones esclavizadas y las poblaciones indígenas sometidas, mediante tributos, trabajo forzado y otras cargas.
Las normativas coloniales obligaban a estas poblaciones a construir corrales, adornar las calles, elaborar arcos festivos, limpiar los pueblos antes, durante y después de las celebraciones, cuidar el ganado y asistir como espectadores subordinados. Lejos de constituir espacios de recreación popular, estas festividades funcionaron como dispositivos de control social y de exhibición del poder colonial. Diversas cartas de clérigos dan cuenta, incluso, de la resistencia de estas poblaciones a participar en tales eventos.
El Tope una tradición inmutable heredada del pasado
Las fiestas respondían a múltiples motivaciones: honrar visitas oficiales, celebrar devociones religiosas como el Corpus Christi en Cartago o festividades patronales como San Blas y Nuestra Señora del Viejo en Nicoya, o el Cristo de Esquipulas en Santa Cruz. Dado que estas celebraciones se realizaban en centros poblacionales estratégicos, se obligaba a las personas de los parajes, estancias, sitios, haciendas y pueblos circundantes a trasladarse para trabajar y participar en ellas.
Las autoridades invitadas provenían de otras provincias como Nicaragua, Veragua o Guatemala, mientras que la fuerza laboral era reclutada localmente. El ganado era trasladado desde haciendas y estancias —muchas de ellas asentadas en tierras previamente despojadas a sus habitantes originarios— hasta los espacios festivos, donde se organizaban encierros, tablados y corralejas.
En este entramado ganadero, festivo y coercitivo se articularon prácticas ecuestres que, con el paso del tiempo, fueron resignificadas. El Tope, por tanto, no puede entenderse como una expresión espontánea de alegría popular ni como una tradición inmutable heredada del pasado.
Su configuración es el resultado de un largo proceso histórico en el que confluyeron la economía ganadera, las fiestas públicas coloniales y, de manera fundamental, las relaciones de dominación impuestas por el orden colonial.
Reconocer este origen implica asumir que muchas de las prácticas hoy celebradas como identidad nacional se gestaron en contextos de trabajo forzado, exclusión y jerarquización social. Solo desde esta lectura crítica es posible comprender el Tope no como un vestigio folclórico aislado, sino como una tradición históricamente construida, resignificada y disputada en el tiempo.

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