Recientemente recorrí Guanacaste en una gira intensa, exigente y profundamente humana. No fue solo una agenda institucional: fue un reencuentro con un territorio que sigue siendo para mí la tierra donde me siento en casa, gracias a comunidades que viven su identidad con orgullo y sostienen su patrimonio como quien cuida algo sagrado y cotidiano a la vez.
El corazón de la gira estuvo en las Fiestas Típicas nNcionales en torno al Santo Cristo Negro de Esquipulas, una tradición que trabajamos junto a Santa Cruz para su reconocimiento como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad.
Este año es decisivo: se votará la postulación. Pero más allá del expediente técnico, lo esencial ocurre donde siempre ha ocurrido: en las comunidades que mantienen viva la celebración, que la transmiten sin artificios, como se hereda lo que forma parte de la vida misma. El patrimonio inmaterial no se decreta: se vive.
En Santa Cruz dimos un paso simbólico y concreto al colocar el Escudo Azul en la torre antigua del templo, como resultado de una coordinación interinstitucional que entiende que la protección del patrimonio cultural es también una tarea humanitaria y colectiva. Cuidar ese templo es cuidar la memoria, pero también asumir que el patrimonio se defiende con acciones visibles y compromiso compartido.
Ese mismo espacio fue escenario del cierre de la Semana Cultural. La música volvió a recordarnos que la plaza es casa común: la Sinfónica Intermedia, el ensamble de marimbas de la Universidad de Costa Rica en Guanacaste, Kuarta y Los Golobios pusieron sonido y emoción a una noche que mezcló generaciones, lenguajes y tradiciones bajo un mismo orgullo territorial.
Y en el centro de todo estuvo la procesión del Santo Cristo Negro de Esquipulas recorriendo Santa Cruz. Un pueblo entero caminando junto a su fe, acompañado por la Banda Nacional de Conciertos de Guanacaste, nuestros embajadores de alegría. Entre pasos lentos y música que abraza, el patrimonio dejó de ser concepto para volverse cuerpo, sonido y comunidad.
La gira nos llevó también a la hacienda Santa Rosa, cantón de La Cruz, donde iniciamos los preparativos para los 170 años de la Batalla de Santa Rosa. Allí la historia no es pasado distante: es una lección viva de soberanía y de país que sigue hablándonos en presente.
En Liberia, junto a la comunidad, pusimos nuevamente al servicio del público el Museo del Sabanero. Reabrir un museo es mucho más que habilitar un edificio: es devolver un relato, reconocer a quienes han sostenido la identidad sabanera y confirmar que la cultura cobra sentido cuando vuelve a manos de su gente.
La semana cerró en Murciélago, en la Escuela Nacional de Policía, donde analizamos acciones conjuntas para la protección del patrimonio material que resguarda ese centro de formación. Porque cuidar el patrimonio también implica alianzas, visión de Estado y la convicción de que la cultura es un bien público que atraviesa instituciones y territorios.
Guanacaste se entiende con los sentidos.
En el aroma del arroz de maíz que reúne alrededor de la mesa, en las toquillas tejidas con paciencia y manos sabias, en las tanelas que endulzan la conversación y alargan la memoria. Son gestos simples y profundos que no solo alimentan: afirman pertenencia.
Por eso Guanacaste es casa. Porque aquí la fe camina, la música acompaña y la identidad se practica sin estridencias. Porque el patrimonio no se guarda: se comparte.
Y porque, como el fogón guanacasteco, esta cultura permanece encendida no por inercia, sino porque hay comunidad alrededor cuidando el fuego, todos los días.

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